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POR: jurfi
VOTOS: | VISITAS: 2058 | 21-11-2007 12:09:40

Luna de miel

creí que me estaba desangrando.  La excitación era tan poderosa 
que mi erección no decayó, por el contrario mis venas 
seguían latiendo y la pija palpitando. Ella, entendiendo mi estado, 
abrió sus piernas y se sentó sobre mí, provocando que 
la penetrara analmente para que de esta manera me diera 
cuenta, sin necesidad de confesarlo, hasta donde había llegado en 
su relación con esos hombres. Estaba tan dilatada y lubricada 
que apenas sentí su contacto, entonces me retiré de su 
interior, la acosté, le quité la única prenda que llevaba 
puesta y lavé su cuerpo entero con mi lengua saboreando 
la mezcla de todas sus secreciones que se fundían con 
las de sus amantes. Los días que siguieron nos encontraron en 
calma. Ella se quedó todo el tiempo a mi lado 
pero exhibiéndose ante los demás de todas las maneras imaginables, 
encendiendo nuestra pasión y provocando que nos descargáramos sexualmente varias 
veces por día. En cada relación fui descubriendo, sin necesidad 
de hablarlo, todas las situaciones que vivieron esa noche llegando 
a la conclusión de que no dejaron prácticamente nada por 
experimentar. Cuanto más descubría más me calentaba y más la 
deseaba y cuanto más la deseaba más quería que la 
experiencia se repitiera. Era un círculo vicioso que me llevaba 
a aceptar que no me arrepentía y que por el 
contrario cada vez más me afirmaba en mis deseos de 
saberla seducida por otros hombres. El sexto día de nuestra luna 
de miel, mientras descansábamos al costado de la alberca, se 
nos acercó el joven moreno que la atendió el primer 
día en el bar. Ella se mostró muy feliz de 
verlo, se levantó, lo besó en las mejillas y, me 
di cuenta enseguida, comenzó a presumirle sacando pecho, permitiendo que 
los ojos del muchacho se posaran entusiasmados en sus erguidas 
tetas. Él le comentó algo al oído y ella sonriendo 
se acercó para decirme que se retiraría un rato y 
regresaría para la cena.  Se fueron caminando sin tocarse, todos 
miraban, llegaron hasta una pequeña motocicleta, primero subió él y 
enseguida lo hizo ella sujetándolo fuerte por la cintura y 
pegando las tetas contra la espalda de su nuevo galán. 
Una inmediata erección me obligó a recostarme boca abajo para 
disimular. Imagine y comprenda, quien lea este relato, el formidable 
espectáculo que ofrecía una mujer de tan espléndida belleza al 
verse sentada con las piernas bien abiertas, a horcajadas, volcada 
hacia delante, lo que le obligaba a sacar y abrir 
la cola que se encontraba cubierta con tan solo una 
cinta de un centímetro rodeando la cintura y otra de 
igual anchura que emergía de entre sus nalgas, fundida contra 
un formidable ejemplar de muchacho y con el pareo en 
una de sus manos en evidente demostración de no haberse 
querido cubrir. Imagine, decía, este cuadro y comprenda por favor 
mi inevitable erección. Cuando me pude levantar me dirigí con discreción 
hasta una pequeña playa ubicada a unos ochocientos metros del 
hotel intuyendo que por ahí estarían y para mi suerte 
...



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